David Barreiro Instituto de Ciencias del Patrimonio (INCIPIT, CSIC), david.barreiro@incipit.csic.es
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No he tenido la suerte de ver a John Schofield en su faceta de DJ, pero me imagino que, para hacerlo bien, necesitará conocer un amplio repertorio, saber establecer conexiones y empatizar con el público. Casi lo mismo que para ser profesor de universidad. El libro que nos ocupa es buena muestra de estas virtudes: no solo se basa en el conocimiento de múltiples proyectos en todo el mundo, y de sus relaciones en el marco de un sistema en crisis, sino que tiene una orientación claramente pedagógica, tanto por el contenido como por el formato.
También responde a una inquietud que muchas veces sale a relucir en los encuentros profesionales a cualquier escala (local, nacional o internacional): ¿qué podemos hacer las personas que nos dedicamos a la arqueología para no ser socialmente intrascendentes? Schofield orienta esta pregunta clásica a lo que él considera los principales desafíos del presente, los conocidos como wicked problems y que, a falta de una traducción que no sea una ordinariez, vamos a denominar problemas complejos: que no tienen una solución clara, en sí mismos son un sumatorio de otros problemas, se solapan y ramifican, y remiten constantemente a nuevas situaciones problemáticas, de manera que se trata de ensayar formas de abordarlos que no empeoren el escenario de inicio. ¿Puede la arqueología hacer que el mundo sea un lugar más justo, seguro y saludable? Schofield opina que sí, y plantea la necesidad de una estrategia pragmática: la arqueología tiene una especificidad que la capacita para participar en el abordaje de problemas complejos, aunque sea con una perspectiva modesta, basada en pequeños logros (small wins) y en una liberación de la creatividad que permiten avanzar hacia un horizonte mejor que el de partida.
La tercera particularidad de su planteamiento es un llamamiento a la conciencia política de la profesión: la arqueología debe participar (él utiliza la expresión policy entrepreneurship), sobre todo, en las políticas patrimoniales y, en general, en aquellas que pautan el actual rumbo de la humanidad. Estas políticas responden a los problemas complejos que él identifica: el cambio climático, la contaminación, la salud pública, la injusticia social y el conflicto. Entre lo ambiental y lo social, Schofield trata de forma específica un aspecto que no es tanto un problema en sí, como la matriz, y que son las interdependencias (entanglements) entre todos esos ámbitos. Y culmina su propuesta con un capítulo dedicado a cómo la arqueología y el patrimonio pueden llegar a funcionar como herramientas políticas, siguiendo esa opción pragmática.
El planteamiento parte de una idea avanzada de la arqueología, ya consolidada a estas alturas, por la que esta no se limita a ser una disciplina que estudia el pasado, sino que es un ejercicio teórico y práctico (sumamente creativo) de intervención social, que permite superar dualidades arraigadas, como naturaleza/cultura, material/inmaterial, individuo/comunidad, mente/cuerpo o trabajo intelectual/trabajo manual. Se trata de dualidades que forman parte de la racionalidad moderna y que, por tanto, son el marco en el que los más viejos problemas de la humanidad (la supervivencia y la convivencia ‒no solo entre seres humanos‒) se han complejizado hasta el punto de ser difícilmente abordables e, incluso, conceptualizables. Su idea del patrimonio es igualmente orientada a futuro, alineada con autores del campo de los estudios críticos (como Cornelius Holtorf, Rodney Harrison o Laurajane Smith).
Tiene mérito el empeño intelectual de Schofield: ante tamaño desafío, ¿qué puede hacer la arqueología? Valoramos su intención porque, desde luego, si algo justifica la actividad científica es que nos brinda herramientas conceptuales y prácticas para gestionar la realidad, y esta, hoy, está marcada por una crisis ecosocial sin precedentes. Y compartimos su perspectiva porque, en este punto, la arqueología no debería dejarse ningunear. Aunque Schofield aboga por la intervención política como ‘emprendimiento’, antes que como ‘activismo’, amplía igualmente el campo de acción más allá de la investigación, hacia una arqueología aplicada, entendida como práctica en comunidad, y hacia lo patrimonial como práctica transformadora. No es nada nuevo, pero era necesario reivindicar esto en el marco de los desafíos globales y la sostenibilidad de la vida.
Schofield construye su reivindicación de la arqueología por estratos: primero, recordando, con ilustrativos casos de estudio, la importancia del conocimiento para entender los problemas socioambientales. Incide a continuación en la necesidad de una arqueología entendida como ciencia posnormal (que gestiona la incertidumbre y está orientada por valores, siguiendo la ya clásica propuesta de Funtowicz y Ravetz, 2000Funtowicz, S. y Ravetz, J. (2000). La Ciencia posnormal. Ciencia con la gente. Barcelona: Icaria.), en un marco transdisciplinar. Por último, solicita la participación de nuestra disciplina en los asuntos públicos, desde la propia ciencia y/o mediante dispositivos de patrimonialización. La orientación a problema y la reivindicación política, en última instancia, son los elementos que abren la interpretación de la lectura a algunos matices críticos.
En su arenga inicial (Archaeologists assemble!), Schofield defiende que las personas arqueólogas tenemos superpoderes (por ejemplo, viajar a través del tiempo): se trata de un guiño a su colega en Historic England, Hannah Fluck, una broma entre colegas que deviene en un leitmotiv. Esto podría justificarse por la orientación pedagógica del libro, pero más bien deja un poso de corporativismo que podría lastrar su credibilidad. Este corporativismo no es, sin embargo, totalmente inclusivo: el autor parece olvidar las propias dinámicas injustas, inseguras y poco saludables que aquejan a una parte del sector profesional. Que en Reino Unido haya un entramado institucional y normativo para la arqueología no académica más sólido que en otros países no es un eximente, ya que el propio Schofield demuestra conocer bien otras realidades y contextos. Además, incluso en Reino Unido hay problemas relacionados con la cosificación, mercantilización y burocratización del trabajo arqueológico (Zorzin, 2016Zorzin, N. (2016). “New managerial strategies in British commercial archaeology”. En: Aparicio Resco, P. (Ed.). Archaeology and Neoliberalism. Madrid: JAS Arqueología, pp. 297-325.), y con la dificultad de investigar y de promover valor social en el contexto de la arqueología preventiva (Watson, 2024Watson, S. (2024). “Anti-Social Behaviours: The Struggle to Create Social Value Through Development-Led Archaeology”. Conservation and Management of Archaeological Sites, 26 (5-6), pp. 506-513. DOI: https://doi.org/10.1080/13505033.2025.2513527.). Schofield parece dejar de lado todo un sector de la profesión, que, como no investiga (o, al menos, no lo hace con la intensidad y capacidad de la academia), poco puede hacer para abordar los problemas complejos en los que él se centra.
Pero, ¿cómo puedo plantear una respuesta transdisciplinar a los problemas globales si estoy partiendo de una idea sesgada de la propia disciplina? Es cierto que su propuesta integradora no excluye, sobre el papel, al sector comercial, y también que en Reino Unido el Chartered Institute for Archaeologists (CIfA) articula las relaciones entre ambos mundos y garantiza cierta estabilidad y proyección de investigación a los profesionales no académicos (como señalan Bradley et al., 2024Bradley, A., Geary, K. y Watson, S. (2024). “Wicked problems for Archaeologists, Heritage as Transformative Practice: by John Schofield, UK, Oxford University Press, 2024, 360 pp., £30 (HB), Online ISBN: 9780191937248; ISBN: 9780192844880”. The Historic Environment: Policy and Practice, 1-7. DOI: https://doi.org/10.1080/17567505.2025.2546602. en su recensión del libro). Sin embargo, esto no suprime la cuestión de fondo: en la arqueología preventiva (que es a lo que se dedica la inmensa mayoría de las arqueólogas no académicas ‒véanse al respecto los informes del proyecto Discovering the Archaeologists of Europe, en su página web‒), son los promotores (el capital) quienes tienen la sartén por el mango (en España estos temas se han discutido recientemente, por ejemplo, en Bouso, 2022Bouso, M. (Ed.) (2022). “L’arqueologia preventiva a debat”. Revista d’Arqueologia de Ponent, 32, pp. 135-183.). Eso no solo implica dinámicas de dominación dentro de la arqueología, sino que involucra a la arqueología como parte activa de las dinámicas de dominación geopolítica. No es este el lugar para tratar esta fractura dentro de la disciplina (que ya hemos abordado en otros lugares, Barreiro et al., 2018Barreiro, D., Varela-Pousa, R. y Parga-Dans, E. (2018). “Malta beyond Malta: the confluence between preventive and public archaeology as a new horizon”. Cuadernos de Prehistoria y Arqueología de Granada, 28, pp. 149-173.), pero, a estas alturas, creo que no se puede hablar de la arqueología como parte de la solución sin hablar, al mismo tiempo, de la arqueología como parte del problema. Hasta Marvel ha explorado en ocasiones la cara oscura de sus superhéroes…
Por otro lado, la arenga de inicio choca con otro leitmotiv: en una clara alineación con el liberalismo y el pragmatismo anglosajones, se sustituye el concepto ‘activismo’ por el de ‘emprendimiento’; es decir, la política entendida como lucha cede su sitio al mejorismo y la reforma social. Uno puede proponer modos de acción pragmáticos, sin perder de vista el horizonte crítico (Barreiro, 2013Barreiro, D. (2013). Arqueológicas 2. Hacia una arqueología aplicada. Barcelona: Bellaterra Edicions.), pero Schofield no solo se olvida de las opciones de transformación más radicales, sino que es consciente de que lo hace. Resulta llamativa, en un libro sobre los desafíos globales y la crisis ecosocial, la práctica ausencia del concepto ‘capitalismo’. Es claro que su objetivo no es hacer una crítica sistémica, pero, de ahí, a pasar de puntillas por lo que vendría a ser el padre de todos los wicked problems (vamos a dejar la maternidad a la propia condición humana y su complejidad…), hay un trecho. Esta ausencia de contexto crítico, tanto globalmente como en los diversos casos de estudio que analiza, resta eficacia a sus propuestas: ¿qué acciones se pueden plantear desde la arqueología para mitigar los efectos del cambio climático o el conflicto si ignoramos, consciente o inconscientemente, que ambos son un negocio de magnitud planetaria (por ejemplo, véase Keucheyan, 2016Keucheyan, R. (2016). La naturaleza es un campo de batalla. Ensayo de ecología política. Madrid: Clave intelectual.)? Esto no tiene por qué suponer una enmienda al libro, que sigue siendo muy sugestivo, pero, al menos, se agradecería un posicionamiento más claro respecto a las limitaciones del contexto de acción y las condiciones de posibilidad de una práctica transformadora, así como reconocer la evidencia de que no hay solución definitiva dentro del capitalismo, un sistema basado siempre en el crecimiento (Harvey, 2012Harvey, D. (2012). El enigma del capital y las crisis del capitalismo. Madrid: Akal.). En cambio, Schofield se ciñe a utilizar al periodista y activista George Monbiot como hombre de paja; o ni siquiera, porque, en realidad, no replica a los argumentos de este, que critican las posturas reformistas que no apuntan a un horizonte de transformación sistémica. Simplemente, deja su argumento en el aire (y lo hace en dos ocasiones, en el capítulo inicial y en el final): no se plantea el capitalismo como problema complejo.
Los matices críticos señalados son elementos de juicio para evaluar el alcance del libro, pero no invalidan su pertinencia. Como creo haber sostenido, este es un libro oportuno y necesario. Su candidez (deliberada o no) no debe ocultar el hecho de que está ampliamente documentado (es un compendio muy atractivo de actuaciones arqueológicas y patrimoniales distribuidas por todo el mundo), y que proporciona algo que cualquier profesional ansía en tiempos de crisis ecosocial: esperanza en el propio trabajo.
Barreiro, D. (2013). Arqueológicas 2. Hacia una arqueología aplicada. Barcelona: Bellaterra Edicions.
Barreiro, D., Varela-Pousa, R. y Parga-Dans, E. (2018). “Malta beyond Malta: the confluence between preventive and public archaeology as a new horizon”. Cuadernos de Prehistoria y Arqueología de Granada, 28, pp. 149-173.
Bouso, M. (Ed.) (2022). “L’arqueologia preventiva a debat”. Revista d’Arqueologia de Ponent, 32, pp. 135-183.
Bradley, A., Geary, K. y Watson, S. (2024). “Wicked problems for Archaeologists, Heritage as Transformative Practice: by John Schofield, UK, Oxford University Press, 2024, 360 pp., £30 (HB), Online ISBN: 9780191937248; ISBN: 9780192844880”. The Historic Environment: Policy and Practice, 1-7. DOI: https://doi.org/10.1080/17567505.2025.2546602.
Funtowicz, S. y Ravetz, J. (2000). La Ciencia posnormal. Ciencia con la gente. Barcelona: Icaria.
Harvey, D. (2012). El enigma del capital y las crisis del capitalismo. Madrid: Akal.
Keucheyan, R. (2016). La naturaleza es un campo de batalla. Ensayo de ecología política. Madrid: Clave intelectual.
Watson, S. (2024). “Anti-Social Behaviours: The Struggle to Create Social Value Through Development-Led Archaeology”. Conservation and Management of Archaeological Sites, 26 (5-6), pp. 506-513. DOI: https://doi.org/10.1080/13505033.2025.2513527.
Zorzin, N. (2016). “New managerial strategies in British commercial archaeology”. En: Aparicio Resco, P. (Ed.). Archaeology and Neoliberalism. Madrid: JAS Arqueología, pp. 297-325.