Antonio Blanco González Universidad de Salamanca, ablancoglez@usal.es
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El volumen objeto de esta reseña es fruto de la afortunada sinergia entre la arqueología preventiva o de grandes obras públicas y el dinámico grupo de investigación PRETAGU de la Universidad de Extremadura. Por una parte, la arqueología comercial ha ofrecido aquí la oportunidad de intervenir con estándares técnicos de alta calidad en dos asentamientos rurales de la Primera Edad del Hierro que, de no haberse visto afectados por la traza del ferrocarril, probablemente seguirían ignorados bajo tierra. Por otra parte, la intervención de los editores del volumen como coordinadores/colaboradores científicos ha permitido insertar tales trabajos de campo dentro de una línea de investigación estable y con financiación adecuada. Con ello no solo se han formulado las preguntas oportunas a tal registro arqueológico, sino que se ha garantizado una publicación pronta y exhaustiva de los resultados. No es la primera vez que los editores practican tal simbiosis y sus contribuciones son paradigmáticas de las mejores prácticas al respecto. Debe además destacarse que el volumen es parte de una serie editorial de la Junta de Extremadura que no solo sigue sumando nuevos ejemplares ‒frente a otras administraciones regionales que, como la Junta de Castilla y León, directamente han claudicado en tal tarea de su responsabilidad‒ sino que publica en papel obras relativamente ‘costosas’ y sin duda de gran calidad.
El libro es pues la memoria científica de autoría colectiva de los trabajos de campo (prospección y excavación) y los estudios especializados de dos sitios cercanos ‒apenas 5.5 km entre sí‒ en las inmediaciones de la ciudad de Cáceres e intervenidos a raíz de las obras del AVE con casi una década de diferencia. El primero de ellos, La Ayuela, fue excavado por la empresa TERA S. L. en 2009, realizándose la prospección de su entorno en 2011-2012 por el grupo PRETAGU. Por su parte, la excavación del edificio residencial de La Estación fue realizada por la empresa ANTA C. B. en 2018. El volumen destaca por sus textos, muy cuidados ‒apenas se encuentran erratas‒ y por su espléndido aparato gráfico, con numerosas fotografías, diagramas, imágenes en 3D, tablas y gráficos a todo color, todo ello ensalzado por el alto gramaje del papel. Gran parte del libro se dedica a presentar los resultados de tales trabajos. Son unas 400 páginas, divididas en cuatro partes o secciones: el encuadre paleobiogeográfico (sección I a cargo de David M. Duque), la arquitectura y hallazgos del edificio de La Ayuela (sección II redactada por los editores y César M. Pérez), los resultados de los trabajos de campo en torno a La Estación (parte III, obra de los autores mencionados) y como conclusión de este bloque, un capítulo de recapitulación y síntesis interpretativa (sección IV, de la pluma de los tres editores). La parte V es un compendio de 12 capítulos que condensan los estudios específicos elaborados por un nutrido elenco de 25 especialistas de primera fila internacional sobre ambos sitios. Se centran en aspectos muy diversos y complementarios: la métrica y proporcionalidad de la arquitectura y su recreación virtual, los resultados de los muestreos de palinología, antracología, carpología, fitolitos sobre molinos de vaivén y biomarcadores en restos cerámicos, estudios de arqueozoología, arqueometalurgia y de un anillo de bronce representando a Bes, la bioarqueología de restos humanos infantiles y su genómica. La sección VI unifica en un listado la bibliografía de las distintas contribuciones. Finalmente, la parte VII es un extenso catálogo (186 páginas) de texto descriptivo de los materiales arqueológicos ordenados por unidades estratigráficas, acompañado de las correspondientes láminas de dibujo técnico.
El libro sobresale en el panorama de las memorias de excavación por aportar observaciones oportunas, elocuentes y muy ricas en matices, elaboradas con herramientas variadas que contribuyen a perfilar mejor el contexto histórico estudiado. Además de reunir el elenco multidisciplinar mencionado (bioarqueología y ciencia de materiales), la propia descripción de los dos edificios excavados recurre no solo al análisis formal y a la búsqueda de paralelos arquitectónicos. Así, los espacios construidos se abordan con estrategias menos habituales en este tipo de monografías: se ofrece una meticulosa localización espacial de todos los hallazgos por fase, la exhaustiva caracterización funcional de la vajilla y los ambientes constructivos y el análisis de accesibilidad para identificar niveles de privacidad. Asimismo, los autores recurren a diversos indicadores métricos a escala territorial y del sitio (on-site) ‒índice del vecino más próximo, mapas de calor (densidad kernel), métodos proporcionales para establecer la ratio de habitantes/m2 de cada asentamiento, etc.‒ o simulaciones sistemáticas ‒evaluación del potencial agrológico de los suelos, estimación de la producción agrícola anual, mapas de cuencas visuales, etc.‒. Tal esfuerzo pretende aportar valores cuantitativos sobre variables cruciales para el análisis histórico, como son la capacidad de carga de los terrenos agrarios o factores como la demografía y el almacenamiento y consumo de los grupos domésticos. Si bien en ocasiones los resultados de tales herramientas se interpretan con una finalidad reconstructiva ‒p. ej., al recrear cinco “unidades territoriales gestoras” asumiendo su hipotético sincronismo (pp. 239-247)‒, sin duda son métodos eficaces y confiables, que proporcionan observaciones de enorme valor comparativo. De gran interés son los detalles que aportan los estudios específicos, abriendo en ocasiones vías de estudio muy prometedoras, como por ejemplo la ‘suberocronología’ de alcornoques a partir de macrorrestos de corcho (pp. 479-482). La excepción es el estudio genético (ADNa) de Íñigo Olalde y colaboradores que, fiel al positivismo de este tipo de contribuciones, se centra en los métodos y apenas ofrece unas pinceladas interpretativas inconexas, como si la acumulación de datos genómicos fuera en sí misma un avance científico.
De enorme calado son los apartados de interpretación arqueológica condensada en varias secciones del libro (pp. 195-203, 223-251, 303-315 y 389-404) intercaladas con otros textos más descriptivos y técnicos. En tales fragmentos se va hilvanando el hilo argumental del proceso investigador y puede comprobarse sin dificultad la correspondencia entre la evidencia material y las interpretaciones ofrecidas. En síntesis, La Ayuela es para los autores un complejo residencial de patio central (c. 800 m2) formado por la agregación de edificios rectilíneos de zócalos pétreos y alzados de adobe, con tres fases edilicias y dilatada biografía. Dicho conjunto habría sido ocupado por unas siete generaciones (entre c. 650-450 a. C.) de un grupo doméstico múltiple o extendido (15-23 ocupantes) identificado con una pequeña aristocracia rural. Tal lectura viene avalada por la presencia residual de material de carácter suntuario. Sería el caso de un colgantito áureo, un anillo liso broncíneo y dos tachonados de plata y otro de bronce con representación apotropaica de Bes, la roseta de una jofaina de bronce y un pasarriendas de carro ligero. Por su parte, La Estación (c. 550 m2 construidos) fue un asentamiento menor subordinado y parcialmente coetáneo al anterior (600-500 a. C.). Su arquitectura es similar, también articulada en torno a un patio central, y habría sido ocupado durante un siglo (cuatro generaciones) por campesinos subalternos (7-14 habitantes). A su vez, la prospección intensiva del entorno de La Ayuela en un radio de 5 km ha permitido identificar en superficie otros tres sitios homólogos a La Estación, además de tumbas de cremación en urna, pequeños túmulos y decenas de establecimientos agrarios menores dispersos. Con todo ello se propone un modelo socioeconómico para este sector de la penillanura cacereña en el Hierro I desde el concepto levistrausiano de la Casa como institución. La Ayuela sería la sede fundacional y hogar de la elite de uno de tales grupos corporativos rurales bilaterales que presidiría un territorio ocupado y explotado por miembros dependientes de la Casa. Estos últimos vivieron en granjas y alquerías como La Estación, y pudieron ser parientes o clientes del hogar principal. Tal unidad política y agropecuaria conviviría con otras Casas parejas cercanas, como sería el caso del Torrejón de Abajo, en un paisaje social heterárquico.
Como toda monografía, esta también presenta aspectos con los que cabe disentir. Es el caso del apego a la periodización tradicional establecida con criterios relativos (tipológicos). También puede cuestionarse la utilidad del radiocarbono para contextos de los siglos VII y VI cal AC que claramente están afectados por la imprecisión de la “meseta de Hallstatt”. Además, pese a disponerse de sendas series no pequeñas de fechas de radiocarbono (10 dataciones en La Ayuela y 6 de La Estación), se emplea la media de los rangos de fechas sin calibrar para establecer fases y recrear así sus biografías. Sin embargo, al fechar el acto fundacional de la fase 0 de La Ayuela en c. 640 a. C. (pp. 194-195) no se considera suficientemente la distribución probabilística de dataciones como Beta-608014, 2590 ± 30 BP, que escapa parcialmente a la citada “meseta de Hallstatt” y cuyos rangos calibrados a 2σ (95.4 %) concentran mucha mayor probabilidad (]]]90 %) entre c. 810-750 cal AC. Un tratamiento no intuitivo y con estadística no frecuentista podría refutar si la fecha fundacional propuesta no es demasiado reciente.
Por otra parte, no parece del todo justificado el uso del concepto oppidum en el Hierro I aplicado al poblado de la Sierra del Aljibe (Aliseda) (p. 395) dado lo limitado del conocimiento que se tiene del lugar (pp. 392-394). Esto es así aún más si cabe, cuando algunos autores dudan sobre su idoneidad en el caso coetáneo de Medellín, donde los testimonios domésticos tampoco se conocen apenas, frente a la riqueza de sus necrópolis. Pero, sobre todo, sería cuestionable su rol jerárquico en términos simbólico-políticos y su vinculación con la Casa que amortizó finalmente sus alhajas dinásticas (el Tesoro de Aliseda) en el pago de El Ejido. Esto choca con la lectura de un paisaje policéfalo, con nodos de poder equivalentes y sujetos a dinámicas de competencia faccional. Por último, es comprensible que en ocasiones el texto se refiera ambiguamente a los grupos corporativos estudiados como “linajes/Casas” (p. ej., pp. 394, 395) para evitar comprometerse y abrazar todas las opciones. Si queremos resituar el parentesco en el centro del análisis social en el actual contexto disciplinar de confusión y desconfianza sobre su uso, sería recomendable cuidar su terminología para evitar caer en contradicciones históricas y que pierda su capacidad heurística. En este sentido, la naturaleza bilateral ‒en lugar de patrilineal‒ de tales unidades sociales sería algo aceptable, pese al carácter indiciario de los argumentos a su favor, por la propia flexibilidad oportunista y falta de un diseño orgánico del edificio de La Ayuela a lo largo de su biografía. Pero los principios de organización y las consecuencias prácticas ‒en las estrategias matrimoniales, el acceso al patrimonio, las pautas de enterramiento, etc.‒ de plantear que fueran grupos de descendencia unilineal (patrilinajes) o parentelas/ramas bilaterales (Casas) son muy distintos y por tanto convendría deslindarlos netamente, especialmente en los apartados interpretativos y de síntesis histórica.
En definitiva, el volumen es una aportación muy valiosa, que pone a disposición del público y de la investigación información de gran calidad y propuestas posibilistas sobre importantes cuestiones candentes en la protohistoria peninsular y más allá. Como toda contribución humanística presenta aspectos discutibles, pero que forman parte del saber-hacer investigador de un equipo de larga trayectoria y experiencia sobre la realidad estudiada. Por encima de todo, el libro ofrece un claro ejemplo de razonamiento evidencial robusto y honesto, a través del cual las distintas piezas cobran sentido histórico.