Trabajos de Prehistoria, 82 (2)
Julio-Diciembre, 2025, 1091
ISSN-L: 0082-5638 – eISSN: 1988-3218

Recensión de / Review of: Sandra López Varela (Ed.). Women in Archaeology: Intersectionalities in Practice Worldwide. Serie Women in Engineering and Science. Springer, Cham, 2023, 617 pp. ISBN: 978-3-031-27649-1 (edición impresa); 978-3-031-27650-7 (libro electrónico).

Carmen Pérez Maestro Centro de Investigación y Ecomuseo La Ponte, mamenarqueo70@gmail.com

CONTENIDO

Esta obra forma parte de la colección Springer Women in Engineering and Science, orientada a visibilizar las contribuciones de las mujeres en los distintos campos del saber científico, y constituye una aportación significativa a la comprensión de su papel en la configuración de la arqueología contemporánea. Se trata de una obra colectiva desarrollada durante la crisis de la COVID-19 editada por la arqueóloga mexicana Sandra López Varela, con amplia experiencia en proyectos colaborativos y compilaciones académicas como The Encyclopedia of Archaeological Sciences (López, 2018López, S. (Ed.) (2018). The Encyclopedia of Archaeological Sciences. Hoboken: Wiley-Blackwell.) o The Oxford Handbook of Global Indigenous Archaeologies (Smith et al., 2022Smith, C., Pollard, K., Kanungo, A. K., May, S. K., López, S. y Watkins J. (Eds.) (2022). The Oxford Handbook of Global Indigenous Archaeologies. Oxford: Oxford University Press.). Esta trayectoria le ha permitido establecer vínculos con investigadoras de diversos países y contextos culturales, consolidando un conocimiento global del ecosistema arqueológico y del papel de las mujeres en él, que sustenta esta compilación.

La estructura del volumen se organiza en siete partes. La primera está destinada a la introducción de la editora, mientras que las demás se ordenan geográficamente. Las partes 2, 3 y 5 se centran en los continentes América, Europa y África, respectivamente; la parte 4 aborda la región geográfica y geopolítica de Oriente Medio, y la parte 6 se dedica a un país, Australia.

El número de capítulos sobre cada área es muy variable. Europa concentra el mayor, con diez, seguida por América con nueve, mientras que Oriente Medio y Australia solo cuentan con uno. Según la editora la compilación se realiza desde una perspectiva interseccional (p. 6), aunque en la práctica este enfoque no se articula de forma sistemática a lo largo del volumen. Es cierto que el texto permite identificar las particularidades locales que han condicionado, y aún condicionan, la participación de las mujeres en la disciplina arqueológica, así como reconocer las múltiples maneras en que ellas se han enfrentado a estructuras de desigualdad de género, jerarquías institucionales y limitaciones epistemológicas en distintos contextos sociales, políticos y culturales. También posibilita destacar cómo sus aportes han contribuido a la redefinición de marcos teóricos, metodológicos y éticos de la arqueología, así como a una interpretación más inclusiva de las evidencias arqueológicas que ha permitido poner en valor la agencia de las mujeres en las sociedades del pasado.

Sin embargo, los capítulos no están organizados en torno a un eje conceptual común, ni comparten un lenguaje analítico homogéneo o una misma perspectiva interseccional. No todas las autoras analizan sus temas considerando la interacción de múltiples identidades y sistemas de poder. Como señalé anteriormente, el criterio de agrupación responde fundamentalmente a una lógica geográfica y no a acercamientos teóricos o epistemológicos compartidos.

Aunque la mayor parte de los capítulos abordan experiencias biográficas y profesionales de mujeres dedicadas a la arqueología, también se incluyen, por ejemplo, textos que plantean la lectura de evidencias arqueológicas desde una perspectiva feminista, estudio diacrónico sobre la interpretación de figuras en forma de mujer del Paleolítico y Neolítico o análisis cuantitativos sobre la productividad académica y los cargos ocupados por mujeres en el ámbito institucional. Como lectora, considero que esta heterogeneidad, geográfica, temática y teórica es un recurso valioso, que evita la densidad monótona propia de algunas compilaciones, haciendo el libro más interesante no sólo para estudiantes e investigadoras de arqueología o historia de la ciencia, sino también para quienes no forman parte del ámbito académico.

La lectura global del libro revela convergencias significativas entre capítulos, que he clasificado en categorías temáticas y acompaño de ejemplos recuperados del texto para su ilustración.

Aunque la historia de las mujeres en la arqueología no es homogénea, la lucha por la visibilidad, el reconocimiento profesional y la equidad son aspectos comunes que atraviesan la disciplina. La arqueología ha sido históricamente dominada por hombres, mientras que las mujeres han sido parcial o totalmente invisibilizadas, ocupando roles secundarios en la academia y concentrándose en espacios museísticos y de gestión patrimonial, donde su trabajo ha estado tradicionalmente asociado con labores de cuidado. Ejemplos concretos incluyen la historia de Yusra y otras trabajadoras locales en Palestina, que colaboraron con Dorothy Garrod en el Monte Carmelo en sus campañas de la primera mitad del siglo XX. Entre sus contribuciones, destaca el hallazgo del primer molar de la mujer neandertal Tabun 1; sin embargo, la labor de Yusra y de otras mujeres locales, como Rashidi o Fatima, ha sido ignorada en los relatos y registros oficiales. Esto muestra que, para comprender plenamente las contribuciones de las mujeres al conocimiento del pasado, resulta fundamental reconocer a todas aquellas que hicieron posibles estos descubrimientos (p. 390).

En esta línea de invisibilización y falta de reconocimiento, Rasmi Shoocongdej y Miriam T. Stark señalan que las arqueólogas en Tailandia y Camboya continúan enfrentando importantes obstáculos para que sus investigaciones sean valoradas a nivel internacional (p. 497). Entre ellos está el acceso a las publicaciones, ya que artículos, libros e informes escritos en sus idiomas vernáculos rara vez se traducen al inglés u otras lenguas globales; la difusión limitada, dado que las revistas regionales suelen tener circulación restringida y escasa indexación en bases de datos internacionales; y el reconocimiento académico, que se ve afectado en términos de citación, colaboración internacional y valoración en rankings.

El desarrollo y auge del feminismo como movimiento social, político y teórico ha enmarcado la arqueología en todos los niveles de su quehacer a partir de los años 80. Destaca el texto de Lisbeth Skogstrand, que rescata la historia de KAN – Kvinner i Arkeologi i Norge, creada en 1985 en Noruega, que fue fundamental para el desarrollo de la arqueología de género en su país, y en Europa. Como red y revista proporcionó un espacio seguro para que las arqueólogas exploraran enfoques teóricos, metodológicos y epistemológicos, compartieran experiencias y debatieran sobre género, poder y producción de conocimiento (p. 327). La trayectoria y los alcances de la arqueología feminista y de género son abordados también por Margarita Sánchez, quien explica cómo estas perspectivas en España, que cuestionan los sesgos patriarcales y visibilizan la contribución de las mujeres, han influido en la práctica arqueológica y en la interpretación de las evidencias de la prehistoria (p. 201).

Otra de las líneas temáticas abordadas en el libro son las prácticas decoloniales y comunitarias en arqueología que incluyen la participación activa de las comunidades locales, la valoración de su historia y saberes y la promoción de prácticas éticas y respetuosas en la investigación y gestión del patrimonio. Se presentan ejemplos como el de Brasil (p. 179) donde arqueólogas como Bruna Cigarán Rocha, Lorena Gomes Garcia, Juliana Salles Machado, Jóina Freitas Borges y Walderes Coctá Priprá de Almeida llevan más de dos décadas desarrollando investigaciones colaborativas con pueblos indígenas. Sus trabajos reivindican la curaduría conjunta en museos, reconocen el vínculo entre personas y objetos, y conectan pasado y presente desde un compromiso con los derechos humanos y la resistencia indígena. En este sentido, en Australia (p. 593), destacan las contribuciones de Isabel McBryde, pionera en promover la participación de comunidades aborígenes en proyectos arqueológicos y en reconocer la importancia de proteger los sitios sagrados indígenas. Su publicación Who Owns the Past? (McBryde, 1985McBryde, I. (1985). Who owns the past? Papers from the annual symposium of the Australian Academy of the Humanities. Melbourne: Oxford University Press.) ofreció una reflexión crítica sobre la relación entre narrativas históricas, gestión del patrimonio y cuestiones de poder, identidad y justicia social. Por su parte, Judy Birmingham fundó la arqueología histórica en el país, excavando sitios coloniales como Irrawang y Hill End e introduciendo el estudio de las relaciones entre colonización y pueblos originarios. Su trabajo en Wybalenna, en la isla Flinders del estrecho de Bass, donde los pueblos aborígenes fueron trasladados tras las “Guerras Negras” en Tasmania, constituyó el primer intento serio de utilizar la arqueología para comprender las experiencias históricas de estos pueblos, integrando memoria, justicia y reflexión crítica sobre el poder colonial (p. 598).

Y enlazando con lo anterior, la arqueología como herramienta política también aparece reflejada en el libro. Pongo dos ejemplos: en América del Norte, la Society of Black Archaeologists, fundada en 2011 por Ayana Omilade Flewellen, surge como respuesta a la falta de apoyo institucional hacia las y los profesionales afrodescendientes y a la ausencia de compromiso con las comunidades vinculadas a los sitios patrimoniales de la diáspora africana. Su objetivo es reconstruir narrativas históricas inclusivas sobre la esclavitud y su legado, al tiempo que se promueven cambios en las políticas patrimoniales y educativas (p. 77). Destaco también la historia de Nawala A. Al-Mutawalli, que dirigió el Museo Nacional de Irak y el Departamento de Arqueología de la Universidad de Bagdad y que, en un contexto de guerra y reconstrucción, comparte su experiencia con la esperanza de inspirar a otras mujeres iraquíes a estudiar arqueología y a unir los avances científicos del mundo árabe con los del resto del mundo. Su testimonio evidencia cómo el ejercicio de la ciencia puede ser también un acto de resistencia cultural y compromiso con la memoria de un país devastado por el conflicto (p. 401).

Finalmente, algunos capítulos examinan el papel de las mujeres en las sociedades del pasado, destacando su intervención en la producción social y material, y cómo esta se refleja en los registros arqueológicos. Es el caso de las investigaciones de Ndèye Sokhna Guèye en Senegal e Intisar Soghayroun Elzein en Sudán que demuestran la relevancia de las mujeres en la economía y la sociedad de sus respectivas regiones. Guèye mostró cómo las signares, mujeres métis de ascendencia mixta, generalmente con madres africanas y padres europeos, activas durante los siglos XVIII y XIX, participaron en el comercio atlántico y la esclavitud, lo que les permitió acceder a bienes europeos. Estas dinámicas favorecieron la construcción de nuevas identidades sociales que facilitaron su acceso a la ciudadanía tras la abolición de la esclavitud, aspectos que pueden identificarse arqueológicamente en sus hogares (p. 449). De manera similar, Elzein documentó en Al-Khandaq, la participación activa de las mujeres como comerciantes, artesanas y gestoras de recursos, desde la producción de recipientes de palma y trigo hasta la elaboración de odres, bolsas de cuero, pan seco y especias, así como la extracción de cal para construcción y pavimentación (p. 448).

En conclusión, esta obra constituye una contribución valiosa para conocer la dimensión global y diversa de la presencia de las mujeres en la arqueología. Aunque su estructura geográfica no articula un eje analítico único, la lectura completa del volumen permite identificar líneas temáticas convergentes en diferentes contextos. A través de trayectorias individuales y experiencias colectivas, el libro muestra cómo las arqueólogas han enfrentado desigualdades, superado barreras institucionales y cuestionado interpretaciones patriarcales, al tiempo que han construido redes, metodologías y prácticas y han contribuido a diversificar los enfoques con los que se investiga el pasado. Por todo ello, considero recomendable su lectura.

BIBLIOGRAFÍA  

López, S. (Ed.) (2018). The Encyclopedia of Archaeological Sciences. Hoboken: Wiley-Blackwell.

McBryde, I. (1985). Who owns the past? Papers from the annual symposium of the Australian Academy of the Humanities. Melbourne: Oxford University Press.

Smith, C., Pollard, K., Kanungo, A. K., May, S. K., López, S. y Watkins J. (Eds.) (2022). The Oxford Handbook of Global Indigenous Archaeologies. Oxford: Oxford University Press.