Trabajos de Prehistoria 81 (1)
ISSN-L: 0082-5638, eISSN: 1988-3218
https://doi.org/10.3989/tp.2024.999

RECENSIÓN DE / REVIEW OF: Marie Louise Stig Sorensen y Katharina Rebay-Salisbury. Death and the body in Bronze Age Europe. From inhumation to cremation. Cambridge University Press. Cambridge, 2022, 350 pp., ilustraciones. ISBN: 978-1009247399 (hardback), 978-1009247429 (epub). DOI: https://doi.org/10.1017/9781009247429.

 

La Arqueología nos enfrenta cara a cara con la muerte, sobre todo a quienes trabajamos directamente con los restos óseos humanos de personas que vivieron, incluso, milenios atrás. La muerte se define por su opuesto, por la vida y la falta de ella. Lo que no está vivo, está muerto. Sin embargo, este cambio o paso no es solo un proceso biológico, sino que tiene un profundo significado social, empezando porque no somos capaces de enterrarnos a nosotros mismos. Necesitamos del grupo y de lo que este esté dispuesto a realizar con nuestro cuerpo una vez cambie nuestro estado. Yo, por ejemplo, he dejado claro que, cuando muera, quiero que mis órganos utilizables sean donados; segundo, que los que queden, sean incinerados; que esas cenizas sean transformadas (aplicando calor y presión con una maquinaria específica al carbono presente en las mismas) en una piedra preciosa, que se incruste en un adorno personal. Esto es lo que yo quiero; otra cosa es lo que se disponga con mi cuerpo una vez que no tenga agencia viva. Aun siendo una decisión individual, está influida tanto por lo que la sociedad española de los siglos XX y XXI considera que es aceptable hacer con un cuerpo (no quiero un ‘enterramiento celestial’ budista), como por la tecnología disponible y a mi alcance. A través de un ejercicio de anacronía estratégica, es posible imaginar que preguntas similares se les ocurrieron a las gentes de la Edad del Bronce de Centroeuropa, cuando la cremación como modo de disponer de un cuerpo se popularizó. Y es que lo importante de esta novedad no fue solo referente a la materialidad del enterramiento, sino que introdujo nuevas ideas acerca del cuerpo.

Desde el primer momento, se deja claro que la intención de este nuevo libro de Marie Louise Stig Sørensen y Katharina Rebay-Salisbury es “proporcionar una nueva perspectiva sobre el cambio radical de las actitudes hacia la muerte y el cuerpo muerto” (p. I) que tuvieron lugar en Centroeuropa durante la Edad del Bronce. Ambas autoras, como es posible observar en la bibliografía aportada, tienen experiencia trabajando en estos temas y lo demuestran.

El trabajo comienza con un capítulo introductorio en el que no solo se exponen los objetivos del volumen y se proporciona un resumen del mismo, sino que las mismas autoras detallan la postura epistémica con la que han trabajado. Esta última se refiere a la propia agencia de los grupos del Bronce en negociar nuevos significados, la importancia de la muerte y el cuerpo dentro de una sociedad, y la necesidad de enfocarse en transformaciones (proceso que requiere tiempo) en vez de en cambios (bruscos y disruptivos). El segundo capítulo sirve como recorrido historiográfico acerca de la cultura de los Campos de Urnas (Urnfeld), desde los tiempos previos al anticuarismo hasta las direcciones que siguen estudios más recientes, pasando por la construcción arqueológica del fenómeno durante los siglos XIX y XX. Además de entrar a valorar aspectos relacionados no solo con la cultura material, también se introducen los temas del simbolismo, las creencias y (posible) religión de los grupos centroeuropeos del Bronce.

En el tercer capítulo se encuentra el marco teórico que rige el libro. Desde el principio, las autoras ya avisan de su no-adscripción a una sola teoría, su énfasis en el enfoque hermenéutico y el uso de los datos arqueológicos para, por último, introducir la teoría sobre el cuerpo, la materialidad del mismo, y el impacto de la muerte. Parten de la idea de que la muerte juega un papel muy importante en la vida social, haciendo necesario un entendimiento del cuerpo muerto y, por lo tanto, del cuerpo en sí mismo. Los cambios asociados al proceso funerario (de inhumación a cremación), implican un cambio en la ontología del cuerpo, es decir, en la forma de entenderlo y de buscar la esencia del individuo, que se enmarca dentro de procesos sociales de mayor escala. El cuarto capítulo trata sobre la periodización de la Edad del Bronce, la estructura social de los grupos, los asentamientos y su relación con los cuerpos muertos, objetos que proporcionan información sobre las creencias de ese tiempo, así como el tratamiento del cuerpo una vez el individuo muere. En el quinto capítulo se describen los yacimientos o regiones sobre los que se ha trabajado y sus características funerarias, por ejemplo, el porcentaje de cremaciones e inhumaciones, y cómo potencialmente se relacionan con aspectos de identidad del individuo.

A partir de aquí, los siguientes capítulos nos ofrecen una reconstrucción del proceso seguido y el tratamiento recibido por el cuerpo a partir del momento del fallecimiento. Así, el capítulo sexto aborda el hecho de la incineración, desde el tiempo que transcurriría entre la muerte y el acto en sí de la cremación, la tecnología empleada, el uso de los restos que quedan tras el proceso, y las soluciones que se dieron para ‘reconstruir’ de ciertas formas el cuerpo. Esto enlaza con el capítulo séptimo, en el que se describe la diversidad en tamaño y forma de las tumbas en las que se depositan los individuos, y el significado que esta variación tenía, sobre todo diacrónicamente. Finalmente, el capítulo octavo se centra en los aspectos sociales después del enterramiento, ya sean de memoria, de creación de espacios para dicho ejercicio, e incluso de re-acceso al enterramiento con el fin de acceder a los objetos que formaban el ajuar. El capítulo noveno está dedicado a las conclusiones del estudio que han ido exponiendo las dos autoras.

Desde un punto de vista crítico, es un buen libro que realiza no solo un aporte para conocer materialmente el fenómeno del paso de las inhumaciones a las incineraciones (tiempos, temperaturas combustibles, ajuares…), sino que propone ideas para replantearse cómo se produjo dicho proceso. Esta postura se aleja de lecturas simplistas de corte difusionista, de acuerdo con las cuales ‘la gente migra con sus ideas y son recibidas (de mejor o peor modo) por los grupos locales’.

En cuanto a los puntos fuertes del trabajo, habría que empezar por su propia estructura, ya expuesta. Funciona bien la exposición del marco teórico entre el capítulo historiográfico (lo que ya se ha hecho, que escapa del control de las autoras) y la exposición del registro arqueológico, que introduce el periodo en el que se sitúa la lectura a partir de ahí. El segundo y el cuarto capítulo sirven de breves resúmenes tanto del fenómeno Urnfeld como de la Edad de Bronce. Esa estructura permite a las autoras diseñar el resto de los capítulos sobre la base de su teoría, incluyendo ya novedades en cuanto a la narración de la Edad del Bronce, por ejemplo, en sus aspectos sociales y políticos. Es en el tercer capítulo, que puede leerse aislado, donde se introducen las innovadoras líneas de pensamiento de Sørensen y Rebay-Salisbury, sobre el cuerpo, su materialidad, y cómo pensamos las estructuras funerarias en arqueología.

Cabe enfatizar el uso de ‘breve’ en las líneas anteriores porque algo a destacar es cómo las autoras han logrado condensar su trabajo, procedente de toda su trayectoria investigadora de ambas (como se ve en el apartado bibliográfico), y explicar un proceso tan complejo como el que consideran, en tan solo doscientas páginas. Esto hace que se trate de un volumen muy equilibrado, con capítulos y apartados cortos (salvo en el capítulo séptimo), y que no se permite digresiones. Además, que hayan podido editar un volumen de estas características, como su extensión, permite cierta comodidad a la hora de trabajar con él en formato físico, porque en plena época digital, aún existimos quienes preferimos movernos en la materialidad de la lectura, es decir, coger un libro. Esto último juega tanto a favor como en contra del trabajo que han realizado, como se detallará posteriormente.

Otra ventaja de la obra radica en la especificidad con la que se detallan los procesos funerarios, especialmente la incineración, a lo largo de los capítulos sexto, séptimo y octavo. Estos procesos no tienen que ver solo con cómo gestionar un cadáver, por ejemplo, en cuestiones de salubridad física para el grupo (por la putrefacción), sino que están fuertemente influenciados socialmente por las ideas sobre la muerte, el cuerpo y el individuo. ¿Qué ocurre con la ‘esencia’ de una persona tras la cremación, que produce cambios importantes en el cuerpo y su presentación? Ya no se observa un rostro, un pelo y su peinado, o unas dimensiones corporales, sino una amalgama de huesos. Que las autoras vayan paso a paso analizando los cambios en el ritual funerario (tratamiento del cuerpo, construcción de la tumba y memoria de quien ha fallecido), y además traten el fenómeno como una transformación en vez de un cambio, permite observar cómo diferentes grupos humanos, incluso vecinos entre sí, incorporaron de diferentes formas la incineración en sus rituales. Así, en algunos yacimientos se observa cómo este nuevo método fue absolutamente mayoritario (Zuchering, con cero inhumaciones y 443 incineraciones; o Vollmarshausen, sin inhumaciones y 254 cremaciones), mientras que, en otros, ambos ritos coexistieron (Pitten, 75 vs. 154; Grundfeld, 40 vs. 40), o incluso etapas intermedias en las que los fragmentos de hueso quemados y las cenizas son colocadas reconstruyendo al individuo. Sørensen y Rebay-Salisbury relacionan estos fenómenos con los cambios ontológicos con respecto al cuerpo y la identificación de su propia individualidad, dejando manifiesta la fuerza social alrededor de los rituales funerarios, y la agencia de esos mismos grupos en negociar respuestas a novedades en dichos rituales.

Sin embargo, hay que mencionar algunos aspectos del libro que no son del todo satisfactorios. Por una parte, la especificidad y concisión del volumen no permite a las autoras extenderse sobre el fenómeno del paso de la inhumación a la incineración. Lo que más se echa en falta es el desarrollo de los aspectos identitarios de este cambio, es decir, quiénes acudieron a estas novedades. Esto lleva, entre otras cosas, a que no se especifique cuál es el perfil demográfico manejado, más allá de cuantificar cremaciones e inhumaciones por cada región o yacimiento. Tampoco discuten si la elección de una u otra forma de enterramiento estaba influida por diferentes relaciones de poder (estatus, género o edad). Esto es aún más llamativo teniendo en cuenta que Sørensen ha trabajado sobre estos temas, y que en la bibliografía del volumen aparecen trabajos que tienen en cuenta esa dimensión identitaria y política; incluso llegan a citar trabajos no arqueológicos, como el de Judith Butler.

Pero el hecho es que, en mi opinión, el libro hace un deficiente tratamiento de la agencia del individuo sobre qué se deberá hacer con su cuerpo una vez muera. Solo hay un momento en todo el volumen en el que se habla de la ‘preferencia individual’ (p. 125), que además se considera que tiene un gran peso a la hora de que un individuo sea inhumado o incinerado. Si bien es cierto que, arqueológicamente, es complicado rastrear decisiones individuales, resulta llamativo que las autoras inciden en toda la obra en la agencia del grupo, dejando de lado al individuo, a pesar de que la mayoría de las estructuras funerarias son individuales.

Sobre la propia muestra es necesario incidir en que las autoras incluyen tanto yacimientos individualizados como regiones geográficas, en las que incluso llegaron a convivir diferentes grupos, como sería el caso de Hungría. Lo justifican de varias maneras. Por una parte, en esas regiones coexisten rituales distintos, y en diversos grados; además existen yacimientos situados en el origen geográfico del fenómeno Urnfeld (Hungría y Bavaria) y en sus márgenes (Marburg), de forma que se puede estudiar su expansión. Además, al no ser casos de estudio contemporáneos, representan la transformación cronológica del fenómeno. Así, se igualan diferentes niveles de evidencia, homogeneizándolos y, en cierta manera, facilitando también que sea posible apreciar diferencias en el fenómeno estudiado. Todo ello indica la ética, buena intención y profesionalidad de las autoras. Sin embargo, conviene tener en cuenta que están trabajando con dos niveles a la vez, por yacimiento y por región, equiparándolos, y sin diferenciar la escala suficientemente.

En cuanto al diseño del libro, no encontramos una sola imagen a color salvo la portada. Esto puede deberse a decisiones de la propia editorial (Cambrige University Press) en las que las autoras poco pueden hacer; pero no es lo mismo ver el Disco Celeste de Nebra a color o en escala de grises (fig. 4.3, p. 74). Las figuras son deficientes incluso para aspectos relevantes de la argumentación; un ejemplo es la 6.4 (p. 133), en la que hablan sobre el contraste de color entre huesos y madera quemados en un ambiente seco y después de una lluvia, que sin embargo no se aprecian en la ilustración.

En conclusión, el libro presenta un trabajo muy bien realizado que analiza pormenorizadamente el fenómeno que dio paso a la incineración como ritual funerario mayoritario durante la Edad del Bronce en Centroeuropa. Los tres puntos fuertes del texto serían: su aproximación epistemológica (a la muerte, al cuerpo, y a las ontologías que los unen), la concreción con la que trata el tema, y el amplio conocimiento y experiencia de ambas autoras. Personalmente, considero que se ha hecho un buen trabajo, sobre todo de síntesis, y que se presenta de una manera muy adecuada para asimilar todo el saber que proporciona. Es más, invita a pensar de manera sencilla y diferente acerca de un proceso que lleva ya un par de siglos dando vueltas en la historiografía arqueológica; por ejemplo, proponiendo transformaciones en vez de cambios, o haciendo ver que la incineración va más allá de tratar un cuerpo muerto, sino que sería un intento de sintetizar a una persona a su esencia. En suma, estamos ante un trabajo recomendable y necesario para quien esté interesado en el estudio del mundo funerario en general y de la Prehistoria europea en particular.